De las horas muertas
Mucho tiempo atrás la faena de los sábados era un paseo por la costa y acercarse a un barcito de esos minúsculos, a probar un bebedizo. Quizá jugábamos a ser grandes, a estar aburridos y a descansar de un trabajo que no teníamos, pero esas horas de tarde noche y maldiciones arenosas se convertían en un símbolo, de nosotros, de gente que no estaba ni muy aburrida ni muy activa. De gente que inventaba una tarde de cervezas por no tener que decir que no teníamos más que hacer en esa vida de miserias que es el espacio entre la escuela y la universidad.
Todo día tiene su precio: un a voz que duerme en los bolsillos dice que necesitas tabaco, o una cinta nueva. Pero hay días que se estiran con las paredes, en los que ni las cuadrículas de las calles sostienen la geometría de no tener nada que hacer, ni hoy ni mañana que es domingo y el calor te inundará la frente. El cuento de estudiar no lo venden más en la escuela, y la salvación se convirtió en un ritual de las cinco en punto; procuré llamarlo, decirle que aún podíamos ir a revisar esos viejos libros, o retomar el duelo de los dedos con las cuerdas. Intenté todo, menos hacer más que intentar. Cuando volvío la vida a esta sombra no le quedaba más cuerpo, y en la memoria de la arena no serían más los cinco pasajeros de las horas muertas, sino los cuatro restos de una frustración que cunde por la ciudad.

