Son las 11 y 26 de la mañana y no he pegado un ojo desde ayer. No estoy desayunando, quizá sea un mínimo almuerzo o talvez una cena ya bastante atrasada. Pero llego a casa y luego de jugar con los cánidos que lo marcan todo con huellitas y pelo amarillo, inevitablemente enciendo este aparato y veo que allá afuera y más allá de las cervezas de la noche anterior y de los humos del tabaco, más allá de la niebla de Lima, hay gente que se olvidan un poco también de lo demás para escribir, para dejar otro tipo de huellas. Y el pan y el café y mi breve sueño se estiran, se reacomodan. Todo para dejarle espacio a estas palabras.

